Las piedras tienen vida -como todas las cosas que parecen muertas- y Oscar Rojas tiene la virtud de saberlas golpear, de saberlas tallar y volverlas objetos animados, testimonios despiertos, tibios y palpitantes.
Él también es de piedra, de cal, de sangre, de minerales y sustancias que pertenecen al linaje de nuestras cordilleras y nuestras formaciones geológicas y humanas.

Su parentesco con la tierra, con la geografía y con la misteriosa vocación de crear (o más exactamente de recrear el mundo), es lo que lo ha inclinado y lo sigue inclinando a descubrir su propio ser y el de sus semejantes, a través de las sombras que se ocultan en las entrañas pétreas y allí se agolpan y se estrechan en torno de sí mismas.

No ha sido fácil su trabajo, pero él ha conseguido embellecerlo y humanizarlo al mismo tiempo, con el sudor vertido sobre sus panes duros y sus peces hostiles, antes de despojarlos de sus cortezas arrugadas y sus escamas ciegas. De modo que estas obras están llenas de él, de Oscar, de Rojas, de su sal y su fuerza, de su sonido y su ternura.

Hace años que persigue lo que ocultan las piedras, tercamente en su ámbito cerrado y apretado y no en vano lo ha hecho, pues ha roto la resistencia que le ha salido al paso y descubierto los secretos que protege la curiosidad y que guarda el silencio.

Allí están sus pequeñas y sus grandes victorias de buzo entre peñascos mutilados, olas petrificadas y fragmentos de lluvias estelares. Mientras exista seguirá buceando -por así decirlo- y buscando en el fondo de las piedras animales y flores, maternidades y relámpagos.

Carlos Castro Saavedra